miércoles, 12 de febrero de 2014

NOTAS DE RECHAZO

Ayer recibí una nota de rechazo. Había mandado unos relatos a alguien que lleva un fanzine que va a sacar su primer número, y me contestó para comunicarme que no contaban con ellos para el papel. 

Hacía mucho, mucho tiempo que no recibía una nota de rechazo, esa figura tan literaria sobre la que tantos escritores han volcado tanta visceralidad. Bukowski tenía un cajón lleno de ellas y le encantaba posturear con el tema, ya sabéis. El mismo Bukowski que mandaba sus relatos manuscritos porque no tenía máquina de escribir, y a veces ni dinero para sellos. No sabremos nunca qué sentía en realidad al recibir las notas.

Más que nada, porque ya no se envían. Ahora lo que chana es rechazar mediante silencio administrativo: tú mandas algo a un editor, y a continuación la nada. Aparentemente todo va bien, porque tu libro está en proceso de selección, pero al mes o así empiezas a sospechar algo raro. Más o menos como cuando tu novia está muy callada, y le preguntas ¿te pasa algo, cariño? y ella solo sonríe, como quitándole importancia, pero a ti te da en la nariz que esa noche, de hablar, ni follamos. Exactamente así, pero sin la sonrisa.

Llevo tres años tratando de publicar mi libro de poemas y sé lo que me digo. A veces es complicado hasta el acto de enviar el libro a una editorial que te gusta. Normalmente hay que ponerse en contacto primero por correo electrónico para preguntar la dirección física, porque en la web no aparece. En ocasiones no aparece ni el email, pero ésa ya es otra historia. Voy a darle una mención especial al editor que, tras recibir mi típico mensaje ¿Recibís originales, o tenéis completo el plan de ediciones y todo eso?, me contestó Y todo eso. Nada más. Esas tres palabras. Todavía, si recuerdo la anécdota, como ahora, las oigo en mi cabeza con la voz de Clint Eastwood. Perdón, con la de Constantino Romero doblando a Clint Eastwood, para ser más exactos.

Una vez sí me contestaron de una importante editorial de poesía con distribución nacional. No por email. Por teléfono. A la semana de mandar el libro. El editor en persona. Interesadísimo en publicarme. Fascinado con la obra. Me había preparado ya un calendario de presentaciones en diez ciudades españolas. Coño, había pactado hasta  la aparición de reseñas en el Babelia, el ABCD y El Cultural. Estuvimos hablando una hora de reloj. A los cuarenta y cinco minutos me pidió a bocajarro tres mil euros. Cuando le dije que yo no tenía esa cantidad, porque estaba en paro y no tenía amigos en ningún organismo público, cambió de tercio. Me dijo que mi libro podía tener mucho éxito entre la gente joven como yo. Le pregunté: ¿Tú crees, con ese tema? Contestó: Claro, por qué no, qué más da el tema. Con lo que me dejó claro que no se había leído el poemario, que por si os pica la curiosidad gira en torno a la muerte de mi antigua pareja. Un poco después añadió No sé si has publicado algo antes, pero en las editoriales grandes la cosa funciona así, con lo que pude saber que tampoco se había leído la carta de presentación, de una página, que acompañaba, en archivo separado, al poemario (y donde se detallaban mis publicaciones y otras cosas, como por ejemplo el tema del libro). Un rato después, le colgué. No, de una cuerda no. Le colgué el teléfono.

La verdad, para eso, prefiero el silencio administrativo.

Lo jodido del silencio administrativo es que a nuestro cerebro le cuesta trabajo aceptar la indefinición. Estamos cableados para saber. Si no tenemos datos, los deducimos. Y si no hay pistas suficientes para deducir nada, las inventamos. Lo malo de esto es que, puestos a inventar, siempre vamos a generar narraciones en donde salgamos guapos, íntegros, buenísimos escritores, limpios y honrados, y en estas fábulas suele haber una némesis imaginaria que impide nuestro éxito: el editor malvado que no tiene ni puta idea de poesía y solo publica a amiguetes, el poeta trepa que no tiene ni puta idea de poesía pero se pasa la vida invitando a lonchas a los editores, la poeta joven que no tiene ni puta idea de poesía pero sube a su blog y su facebook un montón de fotos en ropa interior, el crítico que no tiene ni puta idea de poesía pero le hace la promo a las del apartado interior para ver si se las lleva al catre, é té cé, é té cé.

Poeta que tienes entre manos un libro que no le gusta a nadie: guárdate de esas fábulas. Al principio te harán sentir bien, porque te librarás momentáneamente de tener que tragarte el sapo de que no eres tan bueno como te crees, pero qué viene después. Después las darás por supuestas, por obvias. Sacarás ese tema cuando estés con otros poetas. Si no te dan la razón, meterás a tus amigos en uno u otro apartado, y entonces, Pessoa no lo quiera, tendrás todas las papeletas para convertirte en un jodido troll de las páginas de literatura, aprovechando el anonimato para acusar a todo el mundo de todo, desde la existencia de los premios Planeta hasta la muerte por tuberculosis de Franz Kafka. Y eso no mola, acho. O acha.

¿Y cuando recibas una nota de rechazo o te apliquen la lenta tortura del silencio administrativo? Pues ponte de mala hostia, claro que sí. Ni postureo ni pollas: esa mierda escuece y hay que cagarse en dios para que se te pase. Y no te digo nada cuando tus amigos están en racha y sacan un libro tras otro: ¿por qué yo no, copón? A mí a veces me entran ganas de romper algo con la cabeza. Pero hay una diferencia entre a/ volcar una mesa del cabreo y b/ quedarse lamiéndose las heridas, y creo que reside en que la sangre está buena. Engancha, aunque envenena.

1 comentario:

  1. Jajajaja que bueno, siempre es alentador saber que esto de mal llevar la frustración es un mal de muchos aunque no sea consuelo para nadie, asi que ahora tocará leer un librito de inteligencia emocional... lo comparto. .. :-*

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