viernes, 14 de febrero de 2014

NOTAS DE RECHAZO (Y 2)

En la entrada anterior hablé de las notas de rechazo desde la perspectiva, digamos, psicoanalítica. Me detuve en frustraciones y pulsiones y cosas así. En este segundo y último round, voy a intentar el enfoque mistico. La mística de las notas de rechazo. Y tal.

Aquí la cosa está en que la poesía, como cualquier otra actividad espiritual, reside en conjuntos de ceremonias, es definida por lo ritual. Está bien que sea así. De no ser así, la poesía sería un cardumen luminoso perdido en el océano de la psique, un fenómeno exclusivamente privado, incomunicable e indistinguible de cualquier otra epifanía hormonal.

Nuestra especie le concede importancia a la poesía, le otorga poderes intersubjetivos, la identifica y la recorta de entre la stream of consciousness. Al mismo tiempo, al nombrarla la traiciona y manipula, como decía Baudrillard. Era un inmenso invertebrado abisal que de golpe etiquetamos y metemos en un acuario: no sería tan raro pensar que se trata de dos animales diferentes.

¿Por qué dos animales? Muy sencillo: la poesía es la taquicardia, la alegría, la ebriedad y la confusión que sentimos de adolescentes al toparnos por primera vez con un caligrama de Apollinaire (por ejemplo), pero también es lo que hace, adónde va, qué piensa, con quién se junta, qué experimenta y qué fuma alguien como Cristina Morano (también por ejemplo), a quien yo admiraba y espiaba profusamente cuando era mozo. Sigo admirándola, que conste, pero, como ahora somos amigos, ya no necesito espiarla.

Los poetas hacen esto y lo otro. Los que no reciben notas de rechazo, se entiende. Los que escriben bien y salen en los suplementos y colocan versos hasta en las bolsas de lona de La Central. ¿Y qué es lo que hacen? Para saberlo, el pequeño padawan atravesará diversas etapas del camino de la iluminación, y llegará clásicamente al siguiente repertorio de conclusiones:

1/ El poeta cree en la poesía.
2/ El poeta no espera a los lectores: los busca y los crea.
3/ El poeta lo es a full time.
4/ El poeta convierte la totalidad de su vida en poesía.
5/ El poeta es apóstol de este dogma.

El dogma, por otra parte, deja el suficiente espacio en blanco para que cierto número de poéticas distintas puedan desarrollarse bajo su manto. En realidad, el dogma puede resumirse en un solo precepto: el primero, la fé: mientras muestres fé, puedes escribir lo que quieras. Esto parece una liberación, pero en el fondo es una importante limitación. Por debajo de cierto nivel de fé, estás fuera.

Sobre religiones de verdad no sé gran cosa. El otro día confundí el limbo con el purgatorio en el muro de Vicente Luis Mora, con eso lo digo todo. Sin embargo, viví un tiempo en un país cuya sociedad se entregaba a la religión a marchas forzadas, tras cuarenta años de socialismo y cinco de guerra civil. Bosnia. Conocías a un tipo y te tomabas unas cerves con él y, a los tres meses, llevaba una barba y te miraba por encima del hombro. ¿Por qué? ¿Hipsterismo repentino? ¿Algo que le echaban al agua? No. Las ventajas de ser religioso en un estado controlado por un partido islamista y nacionalista: que te miren bien los que mandan, que tus hijos tengan trabajo en un país con un 50% (¡uy, qué casualidad!) de paro juvenil, que te den un préstamo en el banco, etcétera. Nada más. Las iluminaciones interiores no tienen nada que ver con esto. No existen las religiones con un solo practicante como no existen las lenguas con un solo hablante o las especies con un solo individuo. La identidad no es un atributo autoinmune: te la dan los demás, a cambio del cumplimiento de una serie de ritos de pertenencia. Tan sencillo como eso.

También los poetas. Administran la palabra de la diosa, y saben exactamente cómo. Hay ceremonias de iniciación, ritos de paso, anatemas y festividades, material para antropólogos. Hay excomuniones temporales en forma de notas de rechazo. Y hay, mucha, profesión de fé. Gente diciendo sin venir a cuento que su vida es la poesía, que solo creen en ella. Superlativos everywhere. Gente diciendo que la poesía va a cambiar el mundo, digan lo que digan las cifras de ventas o los comentarios de texto de los alumnos de la ESO. Gente entregada a mecanismos de pupilaje, donde un poeta consagrado te corrige y te enseña, te promociona y te prologaTe presenta en los recitales. Te guía en el camino recto. Te lleva a conocer a las vacas sagradas y tú, a cambio, pones citas suyas por todas partes. Tú, a cambio, prometes cumplir con los sacramentos. Tú, a cambio de la vida eterna. Etcétera.

Hay poetas por ahí que parecen Gandhi: integridad y bondad a prueba de balas. Otros, en cambio, venderían a su madre por ser invitados al Cosmopoética. Sin embargo, todos profesan esta fé. Sin esta profesión, no es posible perdurar, no se entra al Parnaso.

Hay detrás de todo este bonito dogma poético una ideología que yo llamo, ejem, espermática. La filosofía del esperma, su cosmovisión, que se resume en una palabra: entrar. En una antología, en un congreso, en una editorial, en una lectura colectiva, en un ciclo de recitales. En todo óvulo poético (en segunda acepción) que se ponga a tiro. En la entrada o su ausencia residen el éxito y el fracaso, y el conjunto de fecundaciones constituye una carrera literaria, una biobibliografía  (ya hablamos de ella por aquí). Hacer de la entrada el leit motiv de toda nuestra actividad no garantiza ni mucho menos que vayamos a entrar a parte alguna, pero se da por sentado que, sin ese automatismo litúrgico, no es posible la penetración. Es perfectamente posible hacer comparaciones cuantitativas entre poetas gracias a este enfoque. De hecho, lo raro sería no hacerlas. No fijarnos en el poeta con mayores dotes espermáticas, no unir a su nombre sus plusmarcas. No obviar a aquél otro de nombre menos reluciente. No tratar de imitar las formas y repertorios de los escribas alfa, mediante la observancia de un canon.

Todo esto lo cuenta mucho mejor Jean Améry en su Años de andanzas nada magistrales:

El capitalismo monopolista refleja fielmente sus abusos en el juego de sociedad intelectual que convierte en norma el hallazgo y la transmisión de pocos nombres, pocos pensamientos y pocas formas de lenguaje. El nombre se convierte en etiqueta de calidad para la compra. Acaba siendo comparable a la empresa gigante que devora a todas las demás del mismo ramo. A lo peor todo concluye en que cada vez más personas hablan y escriben simultáneamente sobre cada vez menos fenómenos intelectuales. Y esta es toda la triste grandeza de la actividad intelectual en la sociedad capitalista.

Llega un momento, por ejemplo después de veinticinco años de actividad poética, en que supongo que es inevitable experimentar cierto desapego por la parte ritual de la poesía, las ceremonias de lo que llamamos carrera literaria. También, me imagino, mirar alrededor y sentir cierta envidia hacia los creyentes. Aunque sean vocaciones postizas. Envidia hacia los que siguen agarrándose fuerte a la maroma. O hacia los que, sin agarrarse mucho, al menos no la ven podrida. Este verano escribí un poema sobre este asunto. Si aún no os habéis desmayado de aburrimiento con el sursum corda que os estoy largando, ahí va una última oportunidad: Ceremonia.

2 comentarios:

  1. A mí estas y las otras notas me han molao. Pero mucho. Y molan como todo aquello que interpela, acompaña y exige.

    Y así me lo he ido subrayando y contando antes, mientras y después de leer ambas entregas. Me lo he contado todo por tramos y a derivas. A saber:

    1- Que es difícil hablar del sentido de la literatura. Es difícil hablar del sentido sin que nos invadan las ideas finalistas, o sea, todas las que caben bajo el término “teleología”. Vamos, que uno empieza a preguntarse por la función de la literatura y dos párrafos después está abultando el tono con Los Grandes Porqués.

    2- Que José Daniel Espejo sabe mantenerse a una distancia prudencial de la teleología y de los altares.

    3- Que, pese a las advertencias, somos animales teleológicos. Buscamos el sentido por puro instinto, por genética, por hocico.

    4- Que la literatura es capaz de generar sentidos, legitimar los existentes o amenazarlos con mayor o menor grado de eficacia. Es multiusos la literatura. Es, también, un producto de consumo, lo es desde hace tiempo y, por eso, su nivel de impacto es relativo. Prueba: a quién le importa hoy la lista no ya de los más vendidos sino directamente de los mejores del, a boleo, año 2011. Obsolescencia.

    5- Que el éxito es siempre uno, el mismo. El de la adecuación entre el proyecto y la obra: la cópula perfecta entre intención y resultado. O sea, decir lo que se quería decir con las palabras necesarias. Ocurre que el autor no es juez del acierto. Y ahí comienza la incertidumbre del, claro, éxito y del, claro, fracaso.

    6- Que lo que se ambiciona, aunque dé patrás decirlo, es la trascendencia y que trascender es perdurar en la memoria de los demás. Y que esta ambición mueve tanto a la bondad como a la estupidez. Que no tiene ética la trascendencia.

    7- Que el fracaso -la idea está ahí, en las notas de José Daniel Espejo- es como la identidad: te lo otorgan los otros, los demás. El fracaso es una muerte simbólica, es la expulsión del reino. Del reino del sentido.

    8- Que de los puntos puntos cinco, seis y siete se deduce que toda obra tiene, lo pretenda o no, una voluntad pública, esto es, política. Defino: entiendo como político todo aquello que atañe a la discusión sobre lo común. Ergo todo lo que se sirve del lenguaje.

    9- Que el lenguaje es nuestra primera memoria.

    10- Que la sublimidad, la belleza y el arrebato son gestos políticos.

    11- Que si el origen de la literatura fue religioso resulta muy tentador y muy épico pensar en ese primer texto capaz de abandonar la doctrina sin renunciar a la fuerza del rito. La literatura como oración laica. Me gusta pensar en la valentía de ese primer texto y en cuál podría ser hoy su equivalente.

    11- Que en otro lugar -también de La Galla Ciencia- José Daniel Espejo ha escrito unas líneas magníficas sobre el modo en que una identidad puede surgir irreparablemente unida a la escritura. La cosa es si las identidades así conformadas son independientes del espaldarazo del éxito (del éxito que te otorga que te entiendan, que te-me-gusten, que te azucen). Si son capaces, voy a decirlo muy rápidamente, de vencer la resistencia ante una propia y probada falta de talento. La fe. El dilema, lo digo, es si la fe puede algo contra la falta de talento. Si puede, la fe.

    12- Que no solo el fracaso genera resentimiento, que el éxito también, que la lista es larga (y la omito).

    13- Que con los escritores sucede como con la magia: lo que nos embelesa es el truco, pero el poder se lo otorgamos al mago. Origen, este, de todos los mitos de autor.

    14- Que el fracaso siempre se enuncia en pretérito indefinido, que es el tiempo verbal más propicio para el orgullo derrotil y sus batallas. Sin embargo, el verdadero fracaso es invisible. El verdadero fracaso, por definición, no se enuncia. De ahí lo ridículo (y lo cínico) de quienes desde la aprobación, la publicación y/o el reconocimiento toman el fracaso como figura retórica, como mecanismo desde el que legitimar su propia voz (omito la lista, de nuevo).

    Y así un buen rato.

    Vale.

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    1. Mención especial al punto 13. Telita marinera, el punto 13. Me faltan vacaciones para meterme a explorarlo, el punto 13. Y eso que estoy en paro.

      ¡Copón con el punto 13, Rubén!

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