martes, 25 de febrero de 2014

LITERA DURA

Los escritores que salen en las pelis y las series suelen ser motivo de risión. Cliché sobre cliché, uno se imagina al director de la cosa pidiéndole al actor más intensidad, más pasión. Más o menos asín:


(si se muerden los carrillos es porque han leído a Foster Wallace)

Muy bohemios, muy intensos, muy serios, nada de frivolidad, pero qué me decís de lo mal que escriben. He soltado más carcajadas de las que debería admitir viendo esas escenas de Lucía y el sexo donde un intensísimo Tristán Ulloa redactaba unas capulladas acojonantes con un procesador de texto blanco sobre negro. Y, luego, la pregunta: ¿escribiendo esas mierdas se paga este pavo ese piso tan guapo en Malasaña, y Javier Cámara trabaja para él y le gestiona adelantos, y las muchachas caen enamoradas a sus pies? La pregunta nunca se ve contestada, según avanza la trama. Tampoco es que importe, eh.

Pero el jodido récord mundial de escritores chorras de las grandes y pequeñas pantallas es para la socia ésa de Sexo en Nueva York, la Carrie Bradshaw knows good sex y tal. Al final de todos los capítulos podíamos echar unas risas con un amplio extracto de su artículo semanal (colaboración que, recordemos, le granjeaba a la zagala una casa flipante en pleno Manhattan, pasta para estrenar modelitos de diseñador en todos los episodios, comer en los restaurantes más pijos, viajar a sitios glamourosos etc. y carteles con su jeto en los autobuses neoyorquinos), en el que además ni siquiera había pelo (publicidad engañosa). Y yo pensaba "joder, qué bien deben de pagar en la Bravo y la Nuevo Vale de los yanquis", hasta que me enteré de que nanai, que las crónicas monguer de Carrie se publicaban en el New York Observer. Ole tu coño, me dije.

Tras la risión, viene una sensación de esperanza. Si estos alumnos retrasados del Taller de Escritura Creativa de la Señorita Pepis han triunfado tan a tope, yo que cito a Valente lo voy a petar. Después de eso, llega la sensación de haber sido engañados -una vez más- por la caja tonta. Pero bah.

Sin embargo, me permito reírme porque no son escritores reales. Ojito ahí, con los escritores reales. Los que se internan en el desierto en busca de ese grano de arena particular con el que iluminar y construir. Un respeto a los buenos, obvio, pero también a los malos. A los que publican sus novelas en un blog. A los que sienten vergüenza (con razón) de enseñar nada. A los que enseñan demasiado, colgando todo lo que escriben en páginas como Poetas en Facebook y sitios así, y casi nunca reciben ningún megusta. Es poca broma, lo de escribir. Aunque sea una mierda. El oficio exige de todos desnudez y vulnerabilidad. ¿Sabéis un músico de jazz que coge y sopla un solo perfectamente mediocre que hace bostezar hasta a las cubiteras? Pues bien, ese saxofonista moñas termina su actuación y se baja del escenario indemne, como si aquello que ha perpetrado ya no fuera con él. ¿Un poeta? Un poeta no puede hacer eso. En sus palabras, en su fraseo, sea soporífero o no, se está empleando a sí mismo. Es lo que tiene el lenguaje, amigos: no hay forma de no retratarse. No hay más combustible que uno mismo.

Son (somos) valientes, los malos escritores, los escritores aficionados. Tontos o no, crédulos o no, inocentes o no, lo primero no nos lo quita nadie. Por eso, cuando llega algún listo como el ideólogo de la Asociación de Escritores Noveles a vender sus muchos servicios editoriales avanzados, como la corrección de textos a precio de cojón o la valoración (sea esto lo que sea) a precio de el otro cojón, pues a uno le puede un sentimiento, digamos, de indignación gremial. Que no digo yo que haya que montar un partido literario (aunque igual es la única manera de pagarse un piso en Malasaña o Manhattan con la literatura), pero sí dejar que el corazón nos diga quiénes son los buenos y quién el listo de turno de este tipo de movidas. Y sí, me prometí hablar de asuntos literarios elevados y cursis en este blog y aquí estoy, metiéndome con una asociación. Pues qué queréis que os diga. Die Wahrheit Ist Konkret, insistía mucho Brecht. La verdad es concreta. Unos salen en los carteles de propaganda de los autobuses, y otros escriben, encerrados una semana entera, dentro del motor.

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