jueves, 6 de febrero de 2014

LA CURA DE LA HIPSTERIA

¿Qué hay tras el insulto más frecuente de la ancha internet? ¿De qué va eso de ser un hipster? ¿Se trata de un término confuso y sobreexplotado que retrata a quien lo utiliza como un calumniador mainstream y demodé? ¿O podemos fiarnos de su poder a la hora de etiquetar un conjunto estable de clichés culturales? ¿Somos, nosotros, hipsters? ¿Cómo se cura esto?

Para empezar, es cierto que el término tiene una etimología confusa. Hipster viene de hip, y éste de hep, y denominaba, durante la primera mitad del siglo pasado, a los entendidos en la subcultura musical negra, es decir, en el jazz. Con el tiempo pasó a aplicarse a los blancos aficionados al jazz, con lo que ello implicaba en cuanto a adopción de rasgos de identidad de una subcultura diferente. Con todo, los gatos acuñaron otra palabra para designar a los advenedizos y diletantes que pululaban por sus garitos, ésta sí con connotaciones netamente negativas. Utilizaron la misma raíz: hippy. Por supuesto, no se la aplicaron a la pandilla de Kerouac, gente que elevó el hipsterismo y las formas de vida asociadas al jazz y a la cultura negra a la categoría de universal literario.

Fundido a negro. A principios de este siglo, el término vuelve para referirse a las dosis industriales de postureo que se meten (y producen) muchos jóvenes habitantes de la localidad más gafapasta de EE.UU.: Williamsburg, Brooklyn, Nueva York. Sus primeros usos documentados, que datan de 2003, ya denotan una intención burlesca y ridiculizatoria, etiquetando un divertido repertorio de tics estéticos y opiniones prefabricadas que seguro que cumplen a rajatabla más de media docena de amigos tuyos.

¿Y eso es todo? Oh, no, claro que no. Once años más tarde, el término sigue vivo y coleando, y parece haber llegado al lenguaje común de una lejana pedanía del Imperio llamada Murcia. Es en este lugar, a principios de 2014, donde me acomete este deseo de investigar y clarificar, y poner en común con todos vosotros mis resultados, la palabreja maldita. Murcia. Donde a veces la sueltas y te contestan ¿jíhteh?  ¿eso qué é, jíhteh?, y también donde, a poco que se deje uno la barba un centímetro más larga de lo usual, el insulto le llueve cual monzón. Sí, es mi caso.

Ya, ya sé lo que estáis pensando. Y sí, sí es cierto que porto una barba épica, unas pesadas gafas de pasta y una sempiterna camisa de cuadros. ¿Soy lo que denuncio? También yo me lo pregunto. Joder, es que no me habéis dejado terminar.

Para los que nacimos a mediados de la década de los setenta, el término indie no es solo la etiqueta que uno le coloca con condescendencia a esas bandas clónicas que publicitan en Radio 3. Un poquito de empatía y comprensión, por favor: cuando la invasión, nosotros teníamos dieciocho añicos. El rudimentario lema Córtate el pelo. Cambia de vida. El grunge ha muerto era para nosotros lo más de lo más. Había escena indie en Murcia (la NOM, por Nueva Ola Murciana), fanzines (en uno de ellos publiqué poemas por primera vez), Ángel Sopena y garitos. Y nosotros nos esforzábamos. Oh, si nos esforzábamos. Recuerdo haberme gastado muchísimo dinero que no tenía en discos (a casi dos mil pesetas) sin haber escuchado antes apenas nada. Recuerdo, también, haberme cagado en todo muchas veces, con mención especial al segundo de Australian Blonde, Aftershave (Subterfuge, 1994).

Suelo recordar aquellos maravillosos años sin poder creer aún lo tonto que era. La fe en el indie responde, sin embargo, al cansancio de la industria, a algo que resume muy bien el incidente que protagonizó Jarvis Cocker al interrumpir, al grito de Stop this bullshit!!!, el show que desplegaba en esos momentos Michael Jackson, cantando Heal the world en la entrega de los Brit de 1996, entre coristas caracterizados de aborígenes africanos y demás parafernalia bochornosa.

El grito, el grito de Jarvis, es lo que resume el hartazgo de todos nosotros, ante la industrialización de la cultura popular, la idiotización de las masas.

Claro que nos subimos al carro como fanáticos y fundamentalistas. Claro que adoptamos todos los clichés. Encendíamos la tele y salía Milli Vanilli, por dios misericordioso.

El movimiento era claramente formalista. No había una ética definida, pero sí una estética. En los primeros tiempos, al menos en España, las bandas eran nominalmente de izquierda, como Los Planetas, o El inquilino comunista. Pero no resultaba necesario. Sí que resultaba necesario, en cambio, no sonar en ningún momento a rock radical vasco ni a -god forbid- cantautores. Jota le dedicó un tema al asunto: Vuelve la canción protesta. Aprendimos simultáneamente a huir del estereotipo y a que las camisas de cuadros molaban, como ilustra este vídeo:


(Un secreto os cuento pa que os riáis: diecinueve años después, yo sigo vistiéndome así)

El resto es historia. La asimetría entre lo ético y lo estético llevó al indie por el camino de la barroquización, y en última instancia del cliché. La huida del mercado y la creación de subcultura independiente y de imágenes de tribu terminaron con todos nosotros y nuestros ideales en las fauces del mercado. Cualquier productor meapilas puede sacarse de la chistera un grupo como Supersubmarina en una tarde, y la homogeneización estética de consumo de la chavalada que hace cola para entrar al SOS nos podría recordar a esas zagalicas que iban con su rebeca a ver a Kilie Minogue en los años ochenta, o a Duran Duran, etcétera. Por otra parte, el gusto por lo semidesconocido podría habernos salvado, pero nada más ridículo que la coletilla el primer disco molaba más, o no creo que los conozcas. Sobre todo ahora, que se sigue diciendo. El prestigio de las producciones pequeñas e independientes trajo consigo el prestigio de lo desconocido (lo libre de márketing, lo libre de industria), y éste el esnobismo y, en última instancia, el solipsismo hiperestésico que identificamos con el peor indie, el ombliguista. Las cosas están cambiando a pasos agigantados, pero es patente que la música recogida en los recopilatorios de las mejores canciones españolas de cada año de la revista Rockdelux no ha dado idea del momento histórico reciente que hemos atravesado en nuestro país, y sí mucho desamor, hedonismo y costumbrismo surrealista. Ni una palabra sobre 15-M, mareas diversas, 50% de paro y diáspora generacional ha salido por esas bocas barbudas, o encarminadas de Russian Red (ese color de barra de labios) hasta ahora. De hecho, lo generacional es un adjetivo a evitar. Si en los 90 la gente presumía durante horas de haber visto a Nirvana en Las Ventas, los modernos actuales se dedican a informar a todo el mundo en sus Tumblrs (Facebook es demasiado mainstream) que han ido al Primavera pero NO HAN VISTO A LOS CABEZAS DE CARTEL, porque molaba más un dj set de un oscuro drumanbasista de Nueva Zelanda que visitaba España por primera vez.

La huida hacia adelante sigue dándose, como si lo mainstream fuese un monstruo que hubiera de comernos el culo. Aquí el único monstruo es, obviamente, el mercado, que nos espera cómodamente con la boca abierta delante de nosotros, predecibles como un salmón. No por nada se ha definido lo hipster como una subcultura parásita de todas las demás, que sin inventar nada nuevo ha arramblado con las señas de identidad de todo lo inventado en el siglo XX para crear un pastiche caracterizado por la inautenticidad y el consumismo (Lorentzen, 2007). Mi generación es culpable. Y se merece castigos como este retrato que nos ha dedicado Cristóbal Fortúnez, que me escuece como limón en padrastro:


(Aquí para leer el texto, que no tiene desperdicio)

Bueno, y a todo esto, ¿hay una literatura hipster? Yo creo que sí. Una literatura orientada a la sorpresa estética más que a la emoción, construida con materiales reciclados y referencias heterodoxas y rica en namedropping, alérgica a lo épico, lo colectivo y lo ético e inclinada al solipsismo y la hiperestesia, muy lúdica pero poco subversiva, merecería la etiqueta.

A veces, personajes paradigmáticamente hipsters se ponen a achacarle a esta simpática subcultura hasta la muerte de Manolete. En cualquier número de la Rockdelux encontraréis, amables lectores, encendidas diatribas contra todo lo hipster, un poco sin venir a cuento, como ese compañero de instituto que no paraba de soltar comentarios homófobos y que luego te encontraste una noche dándolo todo en la Metropol. Pero me estoy refiriendo en concreto a la charla entre Kiko Amat y Stephen Pastel que publicó hace unos meses la Playground (otros que tal bailan). Estaban súper de acuerdo en que el hipsterismo era una cultura oligofrénica y el fin del mundo. Repito. Kiko Amat:


y Stephen Pastel:


Soy optimista. Creo que lo hipster es la zona esclerotizada y cliché de la posmodernidad a través de la cual puede empezar a reírse de sí misma, a ser consciente de sí misma, a dibujar siquiera de forma provisional, y en negativo, las líneas maestras de lo que ha de venir después. Y hago hincapié en lo de después, porque es muy fácil atacar nuestro clima cultural con argumentos reaccionarios, como si el futuro de la música pop actual, con lo que tiene de ultrarreferencial y neutralizada, tuviesen que ser las melodías étnico-perrofláuticas de Pachamama. Como si la evolución natural de todas esas novelas sobre jóvenes aburridos e hiperestésicos que publica Mondadori fuesen los pestiños ruralizantes de John Berger. Obviamente no. A dios gracias.

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