lunes, 24 de febrero de 2014

BUKOWSKIANA


Sin una zona para el gamberrismo y la iconoclasia, un arte no está viva. De la misma manera, es imposible hacer tuya una ciudad sin pisar sus zonas innobles, donde la gente se ríe, se desespera y se intoxica. Esto no siempre lo sabe el alcalde. A veces se empeña en hacer desaparecer el barrio malo mandando a la poli y a las excavadoras. Otros alcaldes más listos ponen una taquilla y hacen desfilar por allí a los autobuses de los turistas. Ambas ciudades están enfermas. Tienen un grave problema con su ayuntamiento. Todo el rato estoy hablando de literatura.

Todos los adolescentes quieren jugar a ser punk y a todos los ponen a leer a Azorín en el instituto, lo que viene a equivaler a subirte a un autobús hacia el Polígono de la Fama con la sana intención de pillar y bajarte en Juan de Borbón con una gorra de las JMJ. Nada más poner un pie en esas limpias aceras, ya sabes que esa noche no va a haber épica, por mucho que te apliques con tu comentario de texto.

Pero una tarde doblas una esquina y ahí está Charles Bukowski, el viejo Hank, partiendo los versos por donde le sale del cipote y diciendo cosas como:

he cagado y
he leído las páginas de deportes,
he abierto la nevera,
he visto un trozo de carne
morada
y la he vuelto a dejar
allí.

(de La vida feliz de los cansados) y ya nada vuelve a ser igual. De repente, la mística no es la materia del tema más abstruso y soporífero de la asignatura de Literatura Española. Hay una mística de la desacralización, de la sordidez, del vaciado, y es posible acceder a ella gracias a unos cuantos versos aleatoriamente partidos y una poética asalvajada, un personaje beat(o) y una forma descarnada de humor. Por si solo recordáis al Bukowski teta-culo-pedo-pis, voy a traer un ejemplo de otro Bukowski, el indefenso, el inocente:

PARA JANE
225 días bajo la hierba
y sabes más que yo.
hace mucho que te has quedado sin sangre,
eres leña seca en una cesta.
¿ es así como son las cosas?
en esta habitación
las horas del amor
aún hacen sombras.

cuando te fuiste
te llevaste casi
todo.
me arrodillo por las noches
ante tigres
que no me dejan tranquilo.

lo que fuiste
no se repetirá.
los tigres me han encontrado
y no me importa.

El deslumbramiento de Bukowski, como el de The Clash, se apaga paulatinamente. Yo, ahora, prefiero la iconoclasia de Hilsenrath, que es igual de bestia pero tiene una dimensión histórica de la que Hank carece. Y prefiero Spoon a los Ramones. La actitud y el carisma de un personaje literario ya no parecen suficientes. Uno se hace viejo y se aficiona a las aristas, a las escalas de grises, a las materias que escapan sutilmente a los intentos de categorización, a la sal fina. Por si fuera poco, la legión de imitadores de Buk te obliga a releerlo con un buen antihistamínico al lado. Pero sigo siendo fiel, y sigo descubriendo cosas nuevas en su obra. Su mayor mérito está, me parece ahora, en la perfecta (no la primera) plasmación literaria del mundo de los cantos rodados (en definición de Dylan) norteamericanos: la miseria y el desarraigo de la posguerra de los que no habían combatido, de las que no tenían maridito y cinturita de avispa, de los descartes de la época dorada, hablando de sí mismos con los suficientes odio, autocomplacencia, ironía y esperanza como para resultar creíbles. Hasta tal punto asociamos con Bukowski a esta gente que muchas veces llamamos bukowskianos a sus modestos santuarios: cuartos de pensiones baratas, taquillas de la Greyhound, vagones de mercancías con gente escondida dentro. Aunque el propio Bukowski viviera toda su vida en Los Ángeles. Este grupo social, tan típicamente U.S.A., ha motivado al menos tres grandes películas con mucho en común: París, Texas, de Wim Wenders, Mi Idaho privado, de Gus van Sant, y Brokeback Mountain, de Ang Lee. Los apellidos de los directores son claramente exógenos (dos de ellos no son norteamericanos), y los títulos están construidos con topónimos: en las tres cintas, esos lugares son el lógico objeto de deseo, la patria emocional de sus protagonistas, el anhelo de una vida mejor que la rodante. Para apreciar en lo que vale la genialidad retrospectiva de Bukowski, nótese cómo sus personajes han superado la tentación de ese fanal terreno y se encaminan directamente hacia el vacío.

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