miércoles, 29 de enero de 2014

LOS VAGABUNDOS DEL KARMA

Me lo tiene dicho mi novia: tu ego es una montaña rusa. Qué digo: tu ego es el jodido Dragón Khan de los egos de los escritores españoles desconocidos. Lo cual podrá ser bueno o malo, pero no me negaréis que tiene mucho mérito. Me he acordado hace un momento, al releer la entrada que escribí ayer aquí mismo y donde, seguramente en pleno looping egoico, me comparaba con Kafka y Li Po, mis iguales en el inquebrantable compromiso con la literatura y la nada.

Lo pone ahí al lado: he publicado tres libros, he salido en unas cuantas antologías, blá blá blá. Si tal cosa os impresiona, poned rumbo inmediatamente a una página como Las afinidades electivas (lasafinidadeselectivas.blogspot.com/‎) y echad un vistazo a la magnitud de la superpoblación de autores con un currículum (los modernos lo llaman biobibliografía) como ése. A la hora de ocultarnos, no tocamos ni a una piedra para cada cien poetas, así que muchos de nosotros estamos recurriendo a los más socorridos granos de arena.

Luego, eso sí, tenemos perfiles de Facebook. A poco que nos añadimos entre nosotros, nos salen mil amigos.

Da la sensación de que un texto, por sí solo (y cuando digo por sí solo me refiero a que lo lea tu madre y te diga que no está mal) no es una herramienta muy útil a la hora de cubrirse uno de gloria. Es donde entra el tema de la promoción. Que es para lo que nos abrimos cuenta en Facebook en primer lugar. Y bueno, también en Twitter. Y para lo que abrimos el blog. Y el Tumblr. Y el Pinterest. Y el Formspring. Y el Tuenti. Sí, sí. El Tuenti. Que aquí se sabe todo. También nos gustaría promocionarnos a través del Whatsapp, pero no podemos. Porque números, lo que se dice números de teléfono, de críticos, editores y periodistas culturales, no tenemos ni uno.

Así que allá vamos. Llenando los timelines de estas populares redes sociales con nuestra mandanga: nuestros recitales, nuestras publicaciones, nuestras entrevistas, nuestras apariciones en antologías, listas de lo mejor de la década, del año, del mes, de la semana en las papelerías de Villanomolas, etc. Pedeefes de veinticinco megas en los que aparece nuestro nombre una sola vez (si somos educados decimos en qué página, eso sí). Y luego la mandanga de la gente que nos publica, nos entrevista o nos menciona, porque hay que devolver el favor: ey, leed este otro pedeefe, que mi colega el Richi sale mencionado en la página 627. Etiquetamos al tal Richi, quien, al cabo de un rato, le da al megusta. Este megusta nos acerca un poco más a la gloria del Parnaso.

Pero hey, nos volvemos listos. Entre anuncios y anuncios, siempre hay que poner alguna peli, como hacen en Tele 5, o si no la peña va a hacer zapping. De vez en cuando tiramos de selfie. Cambiamos la foto de perfil. Subimos una de un gato gordo y con cara de mala hostia y le agregamos el subtítulo My one and only love <3. Nos cagamos en la puta madre de algún político, que es algo que viste mucho y cansa poco. Si estamos buenas, puede que hasta compartamos material en bikini o ropa interior. Si no, pues fotos haciendo el monguer, o sujetando algún libro, o junto a la tumba de alguna vaca sagrada de la literatura o el rock.

¡O promo, o el desierto! Un desierto de granos de arena. Todos ocupados por algún poeta con la misma biobiblio que tú. Así que elegimos promo. Nos convertimos en annoying, dirty talking, oversharing karma whores. Y unas veces damos pena y otras no. Se nos acusa de tapar, con nuestros aspavientos y nuestro colegueo y nuestra ansiedad por ser leídos, textos más importantes. Se nos acusa de farsa, de márketing, de prostitución y de adicción  a las redes sociales. Nos defendemos disparando solicitudes de Candy Crush.

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