jueves, 23 de enero de 2014

LA PLAYA DE TODOS LOS DOMINGOS


A los niños domingueros se los reconoce, cómo no, por el corte de la camiseta de tirantes que llevan de lunes a sábado. Y por otras cosas. Son los reyes de la playa un rato, de tres y media a cinco y media, pero su reinado no es total ni siquiera en esas dos horas, porque tienen prohibido bañarse debido a los cortes de digestión. Luego vuelven al agua, pero ya están allí esos otros niños, con quienes jamás se mezclan. Empiezan infinitos castillos de arena y no los terminan, porque son las siete y mamá los llama a gritos para que recojan los trastos. Tienen demasiados trastos que deben ser lavados uno a uno. Hay más gritos, después, porque papá no quiere ver ni un grano de arena en esos pies que están a punto de subir al coche. Siempre salen tarde, enfadados, agotados y tristes, y en eso se parecen a sus padres, que finalmente se resignan a largas retenciones en el camino de vuelta.

Pero no vuelven de vacío. Llevan consigo mucha arena. No en los pies, es cierto. En el culo. Como de contrabando. La verá mamá más tarde en el baño y no podrá creerlo, como todo domingo playero. Hará algún comentario despectivo, pero luego dará sus besos y encenderá el ventilador del techo y cantará una canción que los transportará hacia el sueño.

Y saben qué. También están las manadas de adolescentes domingueros, que no cargan con sombrilla ni mobiliario plegable, sino apenas una mochila que contendrá: una toalla, un bocadillo de tortilla envuelto en papel de aluminio (de plata), crema solar, un reproductor de mp3 y una botella templada de tinto de verano Sandevid. En el mp3: techno, Estopa, Platero y tú y Lady Gaga. Hay dos chicas a las que los demás no hacen mucho caso, para las que ya es hermoso haber sido invitadas por la pandilla de la pedanía. Una tiene un poco de sobrepeso, la otra apenas rellena el bikini con los pechos, y no saben qué decir. Participan de soslayo en los juegos de pelota y las aguadillas. Miran y sonríen a los machos alfa del grupo, pero no les dirigen la palabra. La chica espigada recibe una aguadilla de uno de ellos, no se sabe cómo. A ciegas, tratando de sacar la cabeza del agua, palpa los músculos de David y se rinde a una extraña sensación de indefensión sexual que la deja excitada y confundida el resto del día. La escena no se repite para ella (para las otras, para las tetonas y descaradas, se repite muchas veces, e incluso el gallito las premia con una erección que es celebrada con risas y deseo). Las chicas impopulares suben las primeras al autobús y el resto del grupo se sienta más atrás, desde donde no se distinguen las conversaciones. Ellas no hablan de nada mientras anochece en el camino de vuelta. Pero también traen arena de contrabando. En el vello púbico, en los pliegues de los labios de la vagina y en el ombligo. Aparecerá después, durante la ducha caliente que las espera en casa, mientras llaman a la puerta del baño para que se den prisa.

Toda esta arena va a un lugar. Pasa por el desagüe de la ducha pero no entra a los conductos sépticos. Es filtrada. Alimenta la Playa de Todos los Domingos, cuyas arenas son míticas por su blancura y su suavidad. Donde los niños no son llamados a recoger los trastos y elevan torres defensivas hasta que se hace de noche. Donde brillantes bicicletas los esperan para ir a jugar después de eso y sus hermosas madres los acogen en el regazo bajo la luz de las estrellas. Donde las adolescentes desmadejadas y prepúberes ayudan a los chicos a encender hogueras, y beben y fuman marihuana y tienen historias que contar y se bañan desnudas a medianoche y abrazan y besan en el agua a muchachos súbitamente desinteresados por el mundo del tuning. Y también los solipsistas del mundo que solo registran y escriben los pormenores de este paraíso vacacional tienen permitida la entrada, porque trajeron tanta arena en sus inadecuados zapatos, de contrabando, el domingo en el camino de vuelta.

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