martes, 28 de enero de 2014

DEJARLO

"El sexo me da asco", "el fútbol es mi vida" y "voy a dejar de escribir" son tres ejemplos de frases gramatical y sintácticamente correctas, y tal vez también semántica y pragmáticamente, que entiendo menos que un rap en coreano. Es obvio que me voy a detener en la tercera de ellas, porque ésta es una web de literatura, no forocoches.

"Estoy pensando en dejarlo" es algo que suelen decir los amigos para que les des ánimos.  Vale. Bien. Ningún problema. Unas cañas, un estado de Facebook con un poema suyo y al ring. Lo raro es lo otro. Gente que de verdad decide dejar de escribir. Lo misterioso. Que a veces no es tan misterioso. A veces, para alguien, la actividad de escribir es solo una actividad, un plan sujeto a la consecución de unos objetivos. A veces la escritura no está adherida a la identidad. Entonces, escribir tiene algo de deporte. Ya sé que está mal visto, pero seguramente es esta concepción de la literatura la que ha generado más obras maestras, y sin duda alguna la que manifestaban los grandes clásicos de los Siglos de Oro. ¿La otra? Bueno, suelo visualizar a Li Po (Li Bai, que dicen ahora los modernos) abandonando su acta de mandarín y escribiendo poemas en trocitos de papel que luego dejaba flotar en el río. Suelo visualizar a Kafka en un balneario, en lo absurdo que resulta imaginarlo "pensando en dejarlo".

Escribir por nada, porque tu naturaleza tiende a ello, como puede tender a lo nocturno, o a bucear, o a la bebida. Mostrar o no mostrar, acogerse o no a los géneros, terminar o no lo que uno empieza, como cuestiones secundarias. Hay grandeza en esa forma de percibir la escritura. Y, si no la hay, ya es tarde para mí.  

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