viernes, 31 de enero de 2014

AGUJEROS DE GUSANO EN PASTA DURA


No quiero pecar de nostálgico coñazo, pero creo que el lugar en el que uno aluniza por primera vez en la literatura tiene su importancia. Que siempre queda algo del deslumbramiento inicial de los libros, por mucho que nos empeñemos en deconstruir la experiencia o declarar la decadencia o yo qué sé qué más barbaridades que salen por nuestras bocas postureras, sobre todo mientras simultáneamente entran quintos de cerveza.

Yo pisé la literatura por primera vez en este lugar. En ejemplares sueltos de la colección Club Joven de Bruguera que mi madre, que tenía un quiosco, se iba trayendo a casa si no se vendían. El barón de Münchhausen, Fábulas de robots, de Stanisław Lem, Las mil y una noches, La guerra de las salamandras, Verne, Turguéniev, Poe, Hemingway, Fredric Brown, etcétera etcétera.

Además de que están llenos de huellas dactilares de color chorizo y dibujos friquis, son unos libros muy  malos, que se desencolan con el tiempo liberando páginas continuamente. Me recuerdo cenando con ellos todos los días, y no sé si me gusta ese niño tan nerd con ese bigotillo y esas gafas doradas de doble puente que ahora se están poniendo de moda otra vez. Qué haces, pringadillo, que no estás apedreándote con los otros zagales por todo el Polígono, como tus primos. Por qué no sabes montar en bici todavía. ¿Lo veis? Ya estoy en fase nostálgica coñazo. Pero es que, sabéis, de vez en cuando me topo con uno de estos libros que leía yo, una y otra vez, cuando era pequeño y, joder, me gustaría que existiese esa palabra que tendría que utilizar, para darles las gracias.

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