jueves, 4 de febrero de 2016

DÍA 2

Nuestra vida no tiene más sentido que la interferencia. A las 10:20 AM del segundo día de campaña -primer sábado-, justo cuando la gente está abriendo sus redes sociales con ese humor liviano del principio del finde, encontrándose un buen elenco de rostros conocidos y positivos pidiendo el voto para el PEV, y exactamente en el momento en que la bola de nieve de la viralidad echaba a rodar cuesta abajo, tras veinte minutos de bombardeo del hashtag, salta la noticia de la muerte de David Bowie y yo me echo a llorar. Adiós trending topic, adiós #ArtistasPorElPEV, adiós todo. Las redes son una fortaleza invadida por la elegía (cuando no por el epigrama barato), y pasarán horas, si no días, hasta que vuelva a ser posible colocar nuestros materiales de campaña. Para colmo, la figura de Bowie es especialmente popular entre nuestro electorado potencial, de modo que la inmensa interferencia causada por su muerte nos perjudica más que a nadie. Incluso más que al PIR. Es una catástrofe. Me reclino en el colchón sin saber aún cómo llegué a él anoche. Junto a mí descansa, para mi pareja perplejidad, la botella robada de butano, a modo de mesilla de noche. Me giro hacia la pared y descubro que la mitad izquierda del colchón está embarrada, como mi ropa, que aún llevo puesta. Los zapatos no están a la vista. No sé si bebí, pero me percibo bajo el efecto de la Paroxetina. ¿Cuándo me la tomé? Enigmas. Sucesos. Ch-ch-ch-changes.

Días desde la última vez que me masturbé (o tuve sexo): 110. 

¿Qué me importa a mí, David Bowie? Bueno, supongo que algo. Ha estado en mi vida, un poco como imagen -o ruido- de fondo, desde siempre. No soy tan viejo como para haber participado del glam:  cuando empecé a escuchar música este hombre era parte de ese pasado demasiado reciente y abundante en maquillaje, saxofones y posturitas.  Mi generación respetaba más otros referentes: los Smiths, por ejemplo, o la Velvet. Hablamos Bowie como segunda lengua, una no nativa, estudiada más tarde y con un poco de condescendencia. Veo que la gente cuelga fotos de "Dentro del laberinto" y se sube a una ola de emociones nostálgicas y retro, pero se olvida mencionar que por nada del mundo se habría comprado, en los noventa, un disco de un actor de películas infantiles.

Si la pregunta es, en cambio, qué me importa a mí, ahora, David Bowie, la respuesta sería: mucho. Para mal. A las once soy convocado a un Mumble urgente sobre el asunto. Ha sido una idea de última hora de Juan Andrés. Entro y me encuentro con que Alberto S. Z. me está despellejando en directo. Con una voz marcadamente transformada por la ira, nuestro Coordinador de Comunicación suelta que pero cómo os atrevéis a convocar a ese mierda seca sin mi aprobación, y luego que me las vais a pagar. No voy a parar hasta veros convertidos en cadáveres políticos, hijos de perra, nadies. Nadie pide la palabra. Juan Andrés está online, pero no se manifiesta. La consigna parece ser dejarlo desahogarse. Este pichafloja QUÉ HOSTIAS HACE AQUÍ. Quién me ha pedido permiso, mongólicos. Toda internet hablando del MARICÓN DE MIERDA ÉSE Y POR QUÉ, ¿eh? ¿Quién tiene la culpa, retrasados? ¿Me vais a decir que no la tiene nadie? Venga, valientes, decidme que no la tiene nadie. OS VOY A EMPALAR. Al primero que abra la boca se la reviento.


El cabreo es casi comprensible. Los mismos artistas-por-el-PEV que debían estar ahora mismo difundiendo los materiales de #ArtistasPorElPEV pasan el día llorando a Bowie profusamente. Cuesta trabajo no entrar a comentar con hostilidad sus publicaciones, que consisten todo el rato en fotos con él o en una competición por subir, en formato vídeo de Youtube con sonido horroroso, el tema menos conocido del Maestro (sic).

Días desde la última vez que puse un disco español: uf.

Paso el resto del día de Mumble en Mumble rumiando mi frustración por este asunto, mi creciente antipatía contra David Bowie y sus plañideros, especialmente los que se habían comprometido con el partido y ahora se avergüenzan de él (o al menos de apoyarlo en estos momentos de luto). Luto. Contrición. Homenajes. Hagiografías. Interferencias. Muerte. Exactamente lo último que necesita nuestra campaña a estas alturas. Promuevo la publicación en el Facebook oficial del vídeo de “The man who sold the world” junto al mensaje “Adiós, Maestro, y gracias por tu ejemplo. Seguiremos luchando desde la política contra quienes intentan vender el mundo”. Se estanca en unas cifras de megustas y compartidos más bien catastróficas, y genera mucha actividad hostil. Me veo obligado a poner a un par de tíos a borrar comentarios. El rechinar de mis dientes se puede escuchar desde el otro lado del patio de luces. 8,5/10.

Tumbado boca arriba, cavilo que todos y cada uno de los concursantes en una de estas gigantescas olas (más bien tsunamis) de planto buscan con ello participar de ese momento de fama, de la gloria de la interferencia. Pagan boletos de una Lotería Primitiva de la muerte que no les ha tocado, pero que esperan ganar algún día, cuando sea su turno. El reintegro, al menos. Pero para que esa esperanza perviva hasta ese momento, hay que alimentarla ahora, y éste es el Acontecimiento, lo (aparentemente) aperiódico.

Con los ojos cerrados, dejo que esa música, profundamente capitalista, de la aperiodicidad me envuelva. Escucho por primera vez Blackstar y me entrego a uno de mis pasatiempos favoritos, que consiste en inventarme negocios. Un proveedor online de plañideras digitales. Para que tu muerte no pase desapercibida, tete.

Todo empezaría con un atentado de márketing.  Habría que convertir en viral la noticia de la muerte del genetista sudafricano Kenneth Mann, luchador incansable por la preservación de la diversidad vegetal del continente. O por los derechos humanos, aún no lo tengo decidido. Su nombre sonaba cada año en las quinielas de los premios Nobel, pero las sospechas que pesaban sobre él, de haber espiado para los rusos, le apartaron del galardón.

Luego entraría la fase 2, el desmentido: la fuente original parece ser un misterioso proveedor de servicios de Internet que se dedica a la venta de popularidad póstuma en redes sociales, etecé.

Y así llegamos a la fase 3, la de la publi, con un sonriente Kenneth Mann anunciando mis productos en un pequeño vídeo: desde el paquete Local Hero (10 noticias en medios digitales locales, 1.000 compartidos de las fotos y materiales seleccionados del difunto y trending topic regional, por 800€) hasta el Blackstar (obituarios en los principales diarios online, 100.000 compartidos y TT global, por 30.000€). Para acabar, fundido a negro y, sobreimpresionado en blanco, con una buena tipo con serifa, como la Bookman Old Style o alguna así, una cita de Manuel Vázquez Montalbán: Para que alguien te llore en serio. Como lloran los niños cuando han perdido a sus padres entre la multitud.

De la última fase, la 4, que consiste en negociar con las aseguradoras y funerarias la inclusión de mi producto en sus catálogos, depende que me pueda retirar con golf o con petanca. De hecho, cuando llego a esas alturas de mi pasatiempo ya empiezo a aburrirme y acabo ensoñando más con la partida de petanca que con el plan de negocio.

¿Y no me aburro del PEV? No. No tiene nada que ver, el PEV, con mis ensueños diurnos. Mis ensueños diurnos son novelas cortas de las que uno sale igual que ha entrado. No comprometen a nada, no exigen nada, no transforman nada. No me apuesto los testículos ante mis enemigos por el resultado del siguiente capítulo, los personajes no están maquinando mi caída en desgracia y degradacion. No albergo esperanzas de que me den un trabajito en mis ensueños, tampoco.

A quién pretendo engañar, claro que me aburro.

Días desde el 15M: 1691.

viernes, 15 de enero de 2016

DÍA 1

Tras agotar el paro, los ahorros y vender en eBay, segundamano.es y Wallapop todas mis pertenencias mínimamente recomercializables, poseo 82,05€. También he vendido la mayoría de los muebles y electrodomésticos que había en el piso en el que vivo, desde las camas (excepto un colchón) hasta la tostadora, pasando por la vajilla, la tele o el sofá. Trabajo tumbado junto a una ventana que da al patio de luces, solo que yo lo llamo patio de wifis. Seguramente esto no importa, pero qué sí.

Barajo deshacerme también de la vieja plancha de mi casero (la tabla la coloqué por ocho euros el mes pasado en Wallapop, y me apaño con una toalla y la esquina del colchón), pero esa idea choca con otra de mis taras: la de la normalidad obligatoria. No estoy seguro de poder salir de casa si no voy disfrazado de la cabeza a los pies de cajero de la CAM, camisas de Springfield de cuadros metidas por dentro y bien planchadas, gafas sin montura, afeitado apurado, etcétera. Y es cierto que esta apariencia tiene obvias ventajas, y pasar desapercibido facilita el hurto en las grandes superficies bla bla blá. Pero es que yo no sé si podría no hacerlo, dar un paso en la calle sin el disfraz, esto es.

En su artículo para El País, García Mena pide directamente el voto para el PEV, sin escatimar acusaciones hacia el PIR y sus dirigentes principales. Es un gran triunfo para mí, pero mientras programo a los bots para que tuiteen el enlace y trato de orientar los comentarios del encendido debate que se genera en la web del diario, percibo cierto ruido de fondo en mi cabeza que me impide disfrutarlo como debería. Se trata de la plancha, y en general de todos los aparatos que van a dejar de funcionar cuando me corten la luz, cosa que no va a tardar demasiado en ocurrir, dado que el recibo tenía fecha para la semana pasada y mi cuenta está vacía desde hace tres. A no ser que mi querido casero haya sido notificado de la incidencia y haya decidido hacer frente al pago para evitar los gastos por reconexión, posibilidad ésta más bien lejana y que no estoy en condiciones de comprobar, la interrupción del suministro es inminente y debería prepararme para afrontarla. Los preparativos subconscientes para esta interrupción, tan inconveniente para mis muchas taras, constituyen el desagradable runrún adicional, ahora me doy cuenta, de fondo en mi cabeza.

El plan de emergencia me exige obviamente lavar y planchar toda mi ropa cuanto antes, así como hacer acopio de velas, linternas y pilas. Maldigo mi estupidez por haberme permitido entrar en la campaña con esa tarea pendiente. A las 11:30 y a las 13:30 expongo mis directrices en reuniones por Mumble de dos subcomités. Todo se me aprueba. Acabo a las tres en punto y salgo a toda mecha por la puerta con mi botella vacía de butano bien atada a los ruedines. Peinado, perfumado y medicado (6/10). Temblor moderado de párpado, sonrisa hierática, vamos allá. Dispongo de 120 minutos de batería del móvil en estado de espera (30 de conversación), pero me veo obligado a ir al Eroski del Infante, un poco apartado. Debo darme prisa, por tanto. Además, he de dar un pequeño rodeo para pasar por detrás de una churrería móvil recién instalada al otro lado del puente. 7/10.

El churrero es un señor venal, de unos sesenta años, obeso, peludo y sonrosado. Hago la aproximación por detrás, para no ser visto, y con la prestanza de mi 7,5/10 y en perfecto silencio sustituyo mi botella vacía de butano por una llena de las que hay dispuestas a espaldas del chiringuito. Termino de asegurarla y acabo de ponerme en marcha otra vez cuando oigo el grito de una señoruca, desde una ventana del edificio de enfrente.

- ¡José Pedro! ¡Que te están robando el butano!

8/10. Echo a correr, lastrado por los ruedines pero con la esperanza de desaparecer antes de que el señor churrero me dé alcance. Miro hacia atrás y constato su escasa agilidad (apenas dobla las rodillas para avanzar, y balancea su enorme cuerpo hacia los lados, como un tentetieso). A una distancia de aproximadamente veinte metros puedo escuchar sus resoplidos. Tiene el móvil en una oreja, presumiblemente para denunciarme, pero dudo que consiga hablar. Trato de zigzaguear por el Infante, una zona sin duda pésima para ello, y en ese momento suena mi teléfono. 9/10. Descuelgo. Es el director de campaña EN PERSONA. Guau.

-¿Te pillo bien?
-Sí, sí claro, Juan Andrés. Perfectamente.
-¿Estabas en el gimnasio? ¿En plena campaña y en el gimnasio? ¡Te voy a tener que echar una reprimenda! Ja ja ja ja ja.
- Ja ja ja.
- Ja ja ja. Noo, hombre, era broma. Me parece muy sano. Mentalmente, quiero decir. Ja ja ja ja.

Seguimos un rato así, hasta que me doy cuenta de que estoy frente a una comisaría de policía. Miro hacia atrás y, dado que no veo al churrero, decido saltar un pequeño seto y ocultarme en él con el butano. Hay un chico de mi edad fumándose tranquilamente un chino. Puede que fuésemos juntos al instituto. Le hago la señal de la victoria y sonríe como desde muy lejos. Un coche patrulla sale, con la sirena encendida, de la base. Por un momento no oigo nada. El dire continúa.

- (...) y otra cosa que nos preocupa es que los de la agrupación autonómica me han dicho que no te conocen de nada, que no te ponen cara y que por la sede no has pasado ni a saludar...
- Uf, es una larga historia, sabes... (Y tan larga. Por un momento empiezo a ordenar una versión presentable de mi cuadro clínico para contársela, pero descarto a tiempo y resoplo.)
- No te preocupes lo más mínimo. Ya sabemos lo que hay y quiero decirte que cuentas con mi respaldo personal frente a ellos. Te aseguro que nada me aburre más que la guerra de pandillas que se traen en las autonomías... ¡Yo ya no me acuerdo ni de por dónde va el culebrón murciano, hombre! Pero una cosa está clara: en estos momentos, la pieza imprescindible eres tú. No sé qué tienes contra ellos ni qué tienen ellos contra ti. Ni me importa. Un día que vengas por Madrid me das tu versión y yo te prometo que si hay que actuar se actúa. Pero desde luego, ahora en campaña, lealtad. Me gusta tu lealtad. Me inspira. Como lo oyes: me inspira tu lealtad, tu compromiso, tu capacidad de trabajo. Tus memorándums enviados a las  02:38 AM. Tu actividad. A veces lo comentamos, sabes. "No os lo vais a creer, ¡está en tres Mumbles a la vez!". Alberto S. Z. se ríe mucho contigo. Contigo, eh. No de ti, ja ja ja. Y lo que más me inspira ¿sabes qué es? Que no estás aquí pegado a mi culo dándome la puta brasa y sugiriéndome contraprestaciones. Tu entrega, compañero, tu dedicación, tu conocimiento, tu determinación, tu bla bla bla bla blá.

¿Por qué me está hablando el dire como si yo fuera un musulmán más? Me suscita la duda: ¿habla este pendejo así con todo el mundo, o me considera un borrego? Mi vecino de seto, ese yonqui del montón, se tira al suelo repentinamente y me hace señas para que lo imite. En efecto, se oye de cerca una voz enlatada que bien podría venir del transmisor de un municipal. Me arrojo al barro tratando de mantener el móvil en la oreja y tapar la botella de butano con un cartón al mismo tiempo. Suena el primer aviso de "fin de batería". 8,5/10.

¿A quién buscan los agentes? ¿Al ladrón de butano disfrazado de auxiliar administrativo, o al yonqui del montón? ¿Cómo era su nombre, Cardona, Perona, Metadona? La humedad del barro atraviesa mi camisa de cuadros y empapa mi costado derecho. Es una sensación reconfortante, las cosas como son. 8/10. Pierdo por unos momentos la cobertura, o tal vez desconecto la atención de la encíclica motivadora que estoy recibiendo de mi director de campaña, y me doy cuenta de que mi cómplice se ríe en silencio frente a mí. Dios mío, se está desencuadernando de risa sobre un charco de barro. Es muy contagioso, además. Trato de silenciar mis carcajadas, yo también. Con éxito relativo.

- Porque nos jugamos algo tan imp Perdona, pero ¿de qué te estás riendo exactamente?

8,5/10 ¿Qué contestar a eso? ¿Y cómo? ¿Qué se dice cuando te interpela, muy serio, un personaje de una peli de Coixet pero tú estás en pleno rodaje de una de quinquis? Tomo aire. Visualizo al dire en alguna de sus múltiples fotos, de ésas que ruedan profusamente por internet. La de ayer por ejemplo, en la que sale con su bonita familia de anuncio de cereales, jugando en un prado. Se me ocurre (8/10) algo en el último momento.

- Ay, discúlpame, Juan Andrés. Es que se me ha acercado mi hija de tres años y está intentando meterme un gusanito en la boca. Voy a devolvérsela a su madre, dame un segundo.

A Cardona le entra una convulsión nerviosa de la risa. El dire se aplaca inmediatamente. Un montón de recelos subconscientes contra mi figura desaparecen de su psique nada más entrar en escena la nena y la mamá. Retoma, por tanto, la chapa de autoayuda. Está cayendo el sol y en el seto, bajo la sombra protectora de un raquítico sauce llorón, se ha formado un hermoso habitáculo, una pequeña familia a resguardo de las Fuerzas y Cuerpos y provista de móvil, bombona y chino. Una comunidad resiliente que se ríe en la cara del Poder envuelta en una luz dorada, invadida a cada poco por las sirenas azules del contingente municipal. Perona y yo, empoderados y silenciosos, cubiertos de barro, invulnerables.

En apenas media hora empieza el Mumble más importante del día, en mi correo se acumulan las decisiones por tomar y una acción de campaña en la que he invertido más de doscientas horas de trabajo (Artistas por el PEV) pende de un hilo. En cualquier momento puedo ser localizado por la policía junto a la prueba de mi hurto y detenido. La batería de mi móvil está a punto de expirar, dejando con la palabra en la boca a mi director de campaña. De hecho, el segundo pitido de aviso acaba de sonar (8,5/10). Metadona se encoge y se lleva con vehemencia un dedo a los labios, advirtiendo de una amenaza que bien podría ser la aproximación de una patrulla. Algo está a punto de ocurrir y oigo:

- ¿y sabes lo que te digo? Que te tomes el resto del día libre, que te cubrimos. Un abrazo.

Y eso hago. Me meto el móvil, ya muerto, en el bolsillo, y me pongo de pie.

domingo, 27 de diciembre de 2015

DÍA 0

Cruzo las piernas en la postura del loto y cierro los ojos. Por unos momentos lo único que percibo es el sonido del llanto de la perra, sus uñas rascando la puerta. Trato de quedarme ahí, en la escucha, alejar de momento los jirones de discurso, como si estuviese meditando. Llegan otras percepciones: el temblor del párpado izquierdo, el alivio paulatino del picor de ojos, el rechinar de dientes, que ahora es continuo. Intento concentrarme en mi propia respiración, colocarme fuera de mi monólogo interior, ser un espectador silencioso de mí mismo. Y ahí estoy por fin: en el centro de un sofá lleno de objetos, ante el portátil pero con la cabeza echada hacia atrás, apoyada en el respaldo, la cara hacia el techo. El temblor del párpado y el rechinar de dientes no se notan tanto desde fuera. Me veo inmóvil en el centro del mediodía. La luz es sucia y la banda sonora la pone un animal hambriento y desesperado. Mi perra, que aúlla y araña, y echa a rodar el discurso, me devuelve a mi interior, reinicia el análisis.

El análisis, la exploración. Las ramificaciones de todo esto. Del minibar de mis diagnósticos (depresión, ansiedad, bruxismo, agorafobia, alcoholismo, aislamiento, ciclotimia, paranoia) trato de sacar cada día un cóctel diferente. No me resigno a una larga enfermedad contenida con dosis pautadas de fármacos estables. De hecho, ese pensamiento eleva mi ansiedad (de 6/10 a 8/10 en la crisis del sábado). Es importante para mí no ver nada a partir del mes que viene. Cambio las dosis del Lorazepam y de la Paroxetina, o los interrumpo y retomo al azar. Por ahora soy un pasajero de la entropía.

Hay una pieza, muy famosa, de Tracey Emin llamada "My bed". Se trata en efecto de una cama deshecha en la que la artista pasó una crisis personal, y contiene toda la parafernalia, un poco capciosa, que asociamos con estos procesos: suciedad, desorden, botellas vacías y condones usados, tejidos arrugados y paquetes vacíos de tabaco. Yo, en cambio, no me tiendo en mi cama desde hace dos meses. Lo hace mi perra, Nina. Nina es "My bed". Sus costillas. Su encierro. 

Abro los ojos y vuelvo a lo que estaba haciendo. Pertenezco al PEV y esta noche empieza la campaña de las generales. Aunque ya llevamos muchas semanas a todo vapor, estos quince días que quedan para el 30M van a ser frenéticos. En doce minutos empieza la reunión -por Mumble- del subcomité de Difusión, y en el grupo de Telegram de los que somos partidarios de un enfoque más, digamos, agresivo estamos preparándonos para imponer nuestras propuestas. Antes de cerrar los ojos estaba espiando por internet a los "mencheviques", como nos gusta llamarlos de broma, para ver si están o no conectados y prever cuántos de ellos faltarán al Mumble. Al mismo tiempo chateo por Facebook con uno de ellos e intento apaciguarlo (o, más bien, intento que vaya encajando lo que se va a aprobar a continuación). Si las cuentas no me fallan, seremos doce contra nueve. He conseguido mantenerlos en minoría también en los subcomités de Redes, Argumentario y Prensa, pero sospecho que van a emprender algún tipo de acción contra mí en Extensión, que sí controlan, y en alguno de los subcomités invisibles.

Por eso es tan importante para mí en este momento conseguir que García Mena, el famoso escritor y "desencantado" del PIR, se manifieste a favor del PEV en su artículo de mañana (primer día de campaña) para El País. Lo está escribiendo en este momento. Mena y yo somos conocidos y el mérito me lo apuntaría yo. Ya le he enviado tres whatsapps (sin respuesta) y no puedo tensar más esa cuerda, pero por DM estoy pidiendo a tuiteros simpatizantes que lo elogien en mensajes con lemas ligeramente pevistas. A algunos les estoy mandando el tuit ya redactado, otros los estoy programando en Hootsuite para nuestras cuentas zombi. Estas tareas me mantienen hiperactivo hasta las tres.

Horas desde la última vez que Nina comió y salió a la calle: 36.

Toda la vida he estado fascinado con esos letreros que se colocaban en las fábricas y que indicaban el número de días que habían pasado desde el último accidente. Se parecen a las cuentas que hacen los Alcohólicos Anónimos: quince días sin beber, quince meses, quince años, etcétera. No me fascinan, obviamente, porque me parezcan un estupendo mecanismo de seguridad y motivación. Al revés: me parecen un recordatorio de que la entropía pende sobre nuestras cabezas, de que la shit happens, de que hay inevitables Fukushimas acechando en el futuro próximo para poner a cero cualquier estúpida cuenta, cualquier castillo de arena de la lechera interpuesto en su camino. De pequeño solía esperar lo peor para que no ocurriera; el pesimismo como magia blanca. Después desarrollé la costumbre de salir de los exámenes diciendo que me habían salido fatal. Más o menos por esa época, en la universidad, empecé a llevar la cuenta de todo lo oscuro. Como por ejemplo así:

Días consecutivos bebiendo: 110.

O:

Días de retraso en el pago del alquiler: 75.

Me mantengo fiel a este sistema, pero no puedo decir que esté llenando mi vida de alegría, precisamente.

El PEV, las cuentas de la vieja y el whisky John Cor son el contrapeso a la depresión infinita que me acecha a poco que cierre los ojos. Si mi vida estuviese en una balanza, y perdóname esta manía de metaforizar continuamente, uno de los platos estaría vacío y, sin embargo, pesaría más.

Decido alimentarme por fin. Con las piernas dormidas alcanzo la cocina y preparo sopa con un huevo cocido. Experimento dificultades para mantenerme de pie, taquicardia moderada. Entorno los párpados y miro el reloj: García Mena ya ha entregado su artículo de mañana. Nina ha dejado de llorar. La ansiedad se eleva hasta 7/10. ¿Dónde metí el lorazepam esta mañana? El móvil emite el sonido de "batería baja". ¿Es esto un 8/10, o todavía no?

Días desde el último 8/10: 5.

Por un momento (aviso: aquí viene otra metáfora, copieteada de la peli ésa de Match Point) la bola toca el borde de la red y, mientras se eleva en el aire sin que se sepa si va a caer en el campo de la ansiedad o en el de la depresión, consigo verme como un personaje, uno previsible, mal construido, estereotípico, secundario, olvidable, un compendio carnavalesco y alegórico de disfunciones, un mal recurso para una catarsis que no va a producirse. 7/10. Casi 6/10 al bajar la bola. Dejo caer los párpados y me siento a rumiar en el suelo de la cocina, con una extraña sensación de liberación.

¿Me he dormido? La luz parece distinta, pero solo han pasado diez minutos cuando abro los ojos. El butano se ha acabado mientras y el caldo solo está templado. Los fideos se han ablandado un poco, pero el huevo sigue crudo. Consigo comerme la mitad de la mezcla y llorar copiosamente durante la ingesta, lo que me deja listo para las tareas de la tarde. El ruido de los platos reactiva además a Nina, que vuelve a aullar y rascar con la intensidad acostumbrada. Desaparece, por tanto, esa fuente adicional de miedo, y, aunque no suelo medir los estados de ansiedad baja, me encuentro excepcionalmente relajado (¿¡3/10!?). Vuelvo al sofá sin el temblor de párpado ni el rechinar de dientes. Parece un lugar distinto.

Hemos abierto un Titanpad para coordinar la actividad en Twitter del inicio de campaña. Básicamente, todo el PEV, con sus candidatos estrella a la cabeza, tiene que sacarse selfies pegando carteles y tuitearlas junto con mensajes motivadores y el hashtag definitivo. Esto suena sencillo pero no lo es. Hay que movilizar a los "musulmanes", como nos divierte llamar a las bases del partido, y asegurarse de que todo el mundo cumple correctamente con las instrucciones, que nadie utiliza el hashtag antes de tiempo (porque penaliza a la hora de alcanzar un Trending Topic) y que todos los nodos favean y retuitean el contenido de los demás, amplificando la acción. Además se hace necesario comisariar el proceso para eliminar salidas de tono o posicionamientos no deseados.

No resulta sencillo tampoco adaptar el lenguaje que usamos habitualmente en los subcomités al tono ilusionante y propagandístico que rige los espacios inferiores de coordinación, como los grupos de Facebook o Whatsapp. Entre los musulmanes se suelen producir disensiones, y raro es el día en que no salta alguno a reivindicar "la democracia interna" o algo así, en unos términos que hacen evidente que desearía acceder a niveles superiores, en lugar de compartir emoticonos en las mezquitas del PEV. A veces es conveniente conseguir que otro de los musulmanes-alfa acuse al revoltoso de "indisciplina" o algo así. Estas cosas se me dan particularmente bien. La promesa de ser incluido en un subcomité es muy poderosa con ellos ("¿tú tienes Telegram?" son las palabras mágicas). Más o menos, tenemos confidentes en todos los grupos de revoltosos que se han ido formando. Tal vez mi mayor mérito en el Comité sea éste, dicho sea de paso.

Sin embargo, la corriente emocional es intensa y favorece la colaboración. A las 23:30 se lanza el hashtag, que en seis minutos se convierte en el Trending Topic principal. Organizo una red de comisarios voluntarios para eliminar (solicitándolo primero en un tono proactivo y amable, cómo no) los contenidos discordantes. Voy copiando las cifras del SocialBro y pegándolas en el grupo del subcomité de Redes, cada una un guantazo para quienes han estado estos días cuestionando allí mi estrategia. A las 2:33 me entra un mensaje de Alberto S. Z. transmitiéndome unas palabras de felicitación del director de campaña, junto a "Él quería mandarte la felicitación directamente y todo, pero lo hemos convencido de que no difunda su número xD". Alberto S. Z. es un hijo de puta categoría XL y uno de los tiburones que más están engordando estos días (a base de comerse a otros tiburones), pero esto me indica que de momento he logrado vencer las críticas que han emitido los mencheviques contra mí (y que tal vez él mismo ha suscrito) en los comités invisibles de que forma parte.

Seguimos vivos, todo marcha y el día ha sido un éxito. A las cuatro en punto se me acaba el John Cor. Mi cuerpo ha dejado de tolerar el sofá, mis ojos la pantalla del portátil. El SocialBro indica que solo queda una actividad residual en redes. No puedo evitar levantarme. Doy unas zancadas hasta la puerta de la calle, me detengo un momento y, por fin, libero a Nina. Lleva casi dos días sin comer ni beber y, sin embargo, lo primero que hace es lanzarse a besarme, su prioridad llegar a tiempo a la calle para orinar y defecar allí. Ladra atronadoramente por la escalera, que baja a la carrera. Me arrastro tras ella, su cadera cada vez más visible, su cola agitándose de felicidad y me poseen la (auto)compasión y la tristeza. Me siento en un banco del parque mientras ella busca qué comer y beber. Para cuando me despierta a lametazos grasientos ya es pleno día. Concretamente el 412 desde que me dejaste.


miércoles, 7 de octubre de 2015

ÁNGEL GÓMEZ ESPADA - "LOS HIJOS DE ULISES" (LETOUR1987, 2015)



Ayer se presentó este estupendo libro en Murcia. Se suponía que yo iba a participar en el acto con unas palabras, pero finalmente unos problemas puericulturales me lo impidieron. Que queden aquí a modo de descargo:

EL VIAJE A (NINGUNA) ÍTACA

Destaca Pilar Adón, desde el prólogo de esta obra, la apabullante conexión con la actualidad que la caracteriza, y a poco que conozca uno la obra de Ángel eso será lo primero que le llame la atención: si sus poemarios hasta la fecha se situaban deliberadamente al margen del vértigo del día a día (que no fuera) para aprehender un sentido, en “Los hijos de Ulises” el autor abandona su remanso lateral para bregar en el centro de la corriente de la contemporaneidad. También menciona Adón a T.S. Eliot; en efecto, es difícil pensar en esta obra, en la conjunción de herramientas atemporales y materiales de actualidad que le da su peculiar y único sabor, sin recurrir al concepto eliotiano de correlato objetivo. No es la intención de este poeta ponérselo difícil al lector, pero sí confía en una maquinaria compartida que voy a llamar, con todas las precauciones, “cultura clásica”. Sí confía, pese al tono descreído que adopta en sus poemas, en un vínculo sólido entre los textos y la sociedad en que se producen.


En efecto, se suma el plural del título a la forma verbal que lo abre: “somos”. La foto –el atributo- que sigue a ese verbo es más bien un espejo: somos nosotros, los hijos ni-nis de Ulises, con nuestra afasia, nuestra irrelevancia, nuestra inmovilidad. Infectados de consumismo, de indolencia, de spleen, de lotofagia crónica, pero no por ello menos víctimas de un buen número de agresiones colectivas. “La verdad es concreta” era el lema de Bertolt Brecht, otro autor en que solemos pensar cuando hablamos de vínculos entre la lírica y la épica macroeconómica. No falta a ese lema Ángel en esta obra, recorrida por los relatos y denuncias de –pongamos- la marea verde por la educación, la blanca por la sanidad, la negra por el empleo, la violeta de los emigrantes, las reivindicaciones de los jubilados o, incluso, los trabajadores autónomos.


Pero no empecéis todavía a agitar las manos, porque no encontraréis en estas páginas ni un gramo de fé quincemayista en una democracia real ya, o en un todos unidos contra los recortes, o en al menos un esto solo lo arreglamos entre todos. En esa teomaquia inalterable que presenta Ángel Manuel, Teo es un niño cabrón que disfruta pisando hormigas, y las hormigas somos nosotros. El guión ha sido escrito y la idea de fatum recorre la obra sin dejar un resquicio a la sorpresa o a la posibilidad de que David empalme un levo en tó la frente del gigante Goliat, pero no por falta de puntería o porque la cabeza del gigante sea a prueba de golpes, sino porque –como se nos informa en la página 80 desde la cita de José Emilio Pacheco: “El que derrota al monstruo / y ocupa su lugar/ se vuelve el monstruo”-, en el momento en que la piedra de David abandona la honda a las exactas velocidad y dirección como para partirle la madre a Goliat, los papeles se cambian, y David es Goliat. Kafkiano, ¿eh? Así es mi Angelito, bajo la capa de buen rollo.


Lucha hay a cascoporro. Lo que no hay es solución. Nec spe nec metu, creo que se llamaba eso, según Cicerón, y así está la cosa. Sin miedo ni esperanza, los hijos de Ulises recorremos los pasillos del centro comercial que han puesto en Ítaca, buscando una mortaja nueva en el Primark porque la que hizo mamá ya está pasada de moda.


No sabemos si la culpa es de la alienación galopante que nos causan el consumismo y las evanescentes relaciones virtuales que establecemos entre nosotros, o el O tempora, o mores (por volver un poco a Cicerón, de quien sospecho que este poeta bebe continuamente), pero la plaga de chichinabo ha invadido hasta nuestras relaciones con El que está allá arriba, que en este poemario aparece retratado como una especie de director de recursos humanos con la cabeza en otras cosas, la liga BBVA por ejemplo. Para completar la operación de desacralización también pasa por las páginas del libro la curia, representando el papel de encargao de tienda. No hay excomuniones, no hay diluvio universal, no hay siete plagas de Egipto. Por no haber no hay ni cincopadrenuestrosydoceavemarías. Silencio administrativo. Apagado o fuera de cobertura.


De eso va, Los hijos de Ulises. Del aquí y el ahora. En estos poemas, Ángel Manuel encara las grandes batallas políticas y socioeconómicas que estamos perdiendo todos los días tan de frente como lo hace en su faceta de periodista, o en su cuenta de Facebook, o con sus clientes en su trabajo. Los instrumentos aquí, sin embargo, son muy otros porque son netamente poéticos: la gran veta de la lírica latina, donde se ha formado como poeta y que da consistencia y profundidad a su lenguaje y familiaridad a sus topoi. Y creo que ésa es la singularidad que hace este libro sea tan atractivo: que a través de él imaginamos a Horacio en un CSO, a Ovidio en un desahucio, a Virgilio en un círculo de Podemos (creo que no habría salido en la lista de Pablo). La poesía como anclaje, como escudo contra la alienación, pero también como instrumento óptico, como Linterna Verde. La belleza de las imágenes que convoca Ángel (y estáis a punto de escuchar un buen puñado de ejemplos), como brújula de marear, como faro y guía. Y si no nos ayudan a encontrar el camino a Ítaca, al menos sí a acordarnos de ese lugar, que de repente aparece, entre la niebla del loto. Porque ya estamos allí, ya estamos en Ítaca, pero Ítaca era otra cosa, y la hemos perdido.

jueves, 16 de julio de 2015

UN POEMA DE EAVAN BOLAND




CUARENTENA


En la peor hora de la peor estación 
del peor año de todo un pueblo,
un hombre sale de su taller con su esposa.
Él caminaba -ambos caminaban- hacia el norte.

Ella estaba enferma por la fiebre del hambre y no podía mantenerse en pie.
Él la levantó y se la echó a la espalda.
Él caminaba hacia el oeste y oeste y el Norte,
hasta que al anochecer llegaron bajo las estrellas de helada.


Por la mañana fueron encontrados muertos
de frío. De hambre. De las toxinas de toda una historia,
pero los pies de ella se mantenían contra el pecho de él.
El último calor de su carne fue el último regalo para ella.


No dejes que ningún poema de amor llegue a este umbral.
No hay lugar aquí para la alabanza inexacta
de la gracia fácil y de la sensualidad del cuerpo.
Sólo hay tiempo para este inventario sin piedad:


su muerte juntos en el invierno de 1847.
También lo que sufrieron. Cómo vivieron.
Y qué hay entre un hombre y una mujer.
Y en qué oscuridad se puede demostrar mejor.



(Trad.: Antonio Linares Familiar)

jueves, 2 de julio de 2015

SABÁTICO




Ser nadie engancha
como heroína quemada.

Otoño de 2003. Desciendo
a una depresión de quince meses.
Nunca he llegado tan lejos
a puro pulmón.

No estoy hablando de una
melancolía de niños pijos:
hablo de sudar hasta poner
gris la almohada
y no salir de la casa
en ningún momento durante semanas
y semanas.

Hablo de pedir
dinero a quienes venían
a preocuparse por mí,
y deber cuatro meses
de renta del cuarto.

A veces releo lo que escribí
y nada tiene que ver
con lo que yo recuerdo.

No recuerdo casi nada.

Tampoco a la mujer
que tanto nombraba.

¿Quién era el fantasma, yo
o las personas que quería
y estaba diluyendo?

Durante quince meses me alimenté
casi exclusivamente de patatas.

Mi cuerpo las rechazaba: recuerdo
-eso sí que lo recuerdo- la náusea,
sobre todo al final.

Ni una palabra se dice en mis textos
sobre esas patatas.

Las robaba -como el gel,
el papel higiénico o la pasta
de dientes.

Y no las mencionaba.

Hablaba de mi alma y de mi amor
y de noches sin estrellas.

La mala poesía engancha
como heroína quemada,
pero yo no tenía para fumar,
ni para beber, ni para corromperme.

Todo el tiempo peleándome
por el dinero del alquiler
con una técnica de sparring,
o más bien de saco.

De saco de patatas.

Defecando
puré.

Hecho
puré.

¿Construí con eso un personaje
verosímil, avancé en mi poesía,
me convertí en artista yonqui
seduje a alguna chica del wild side?

No.
Esas cosas nunca están
al alcance de los pobres.

Si acaso aprendí
a no olvidar hablar de las patatas,
de las cosas que te comes
y te mantienen en pie.
A construir, con ese asunto
algún tipo de diálogo
o al menos una pregunta
que alguien contestase.